Yo me bajo en Atocha

Londres o el café del culo del gato.

Abril 23, 2008 · Deja un comentario

Debe ser que las ciudades cambian mucho cuando uno maneja algo de pasta, pero esta vez Londres me ha gustado más que nunca.

Me mandaron por motivos de curro para un training de esos. Era un curso de una de estas multinacionales que, como su propio nombre indica, están por todo el mundo. En este caso ocurrió que el curso no estaba disponible en Italia, así que, como viajar a California (sede central) parecía un poco excesivo, me dijo mi jefe: “Busca algún sitio en Europa, a ver que pasa”. Efectivamente, Londres parecía el mejor destino. Desde luego que no os interesa el curso en sí, así que hablaré del rato que tuve que para salir por ahí y ver a mi primo.

Mi primo vive en zona 1 en Londres, lo que es todo un lujete. Una vez en su casa podíamos salir por ahí a pata o cogiendo un bus por breve tiempo. El problema es que el curso en cuestión estaba al final de línea de un cercanías. Y eso, en Londres, es mucho lejos… unas dos horitas de ida y otras tantas de vuelta. Fué duro, me recordó a mis tiempos en Alcalá, pero en versión bestia. De todos modos, aproveché al máximo el poco tiempo que me quedó libre.

Acostumbrado a la tranquilidad de la vida ermitaña, Londres me pareció más metropoli que nunca. Una noche me llevó mi primo a un garito muy posh que es la manera trendy de decir trendy. Y trendy era la manera fashion de decir fashion. Estaba bajo la estación de London Bridge, en una de estas construcciones de ladrillo decimonónicas que sujetan las vías del tren y son de cuando sobraba suelo. El garito en cuestión sería el paraíso gafipástico. Nada más entrar una performance de esas con una tía vestida de blanco enguarrándose con pintura verde. Seguramente representaba alguna angustia del ser que no acabé de entender muy bien, pero quedaba bien como elemento decorativo. Más adentro nos encontramos con unos colegas de mi primo que estaban sentados en una butacas escuchando una música en unos auriculares que colgaban del techo, y con un antifaz que les tapaba los ojos. Mucho nivel.

Desde luego el garito en cuestión servía muy bien como metáfora de lo que me pareció Londres esta vez. Grande, intersante, cultural, variada y decadente. Las ciudades occidentales de hoy en día son sin duda alguna decadentes. No me extraña que americanos (todos) nos vean a los europeos así. Si no me creeis, echad un vistazo a esto. Si, habeis leído bien. La peña paga 50 pound por una taza de café cuyos granos han pasado por el tracto digestivo de un gato. Quien paga eso seguro que nunca ha limpiado la letrina de su gato.

Aparte de eso, todo nos fué fantásticamente bien. Nos lo pasamos muy bien, disfrutamos de un paseo por la Tate Gallery (gratis, como debe ser) y tuvimos la fortuna de ver un arcoiris espectacular desde la terraza que enmarcaba el skyline de Londres. Para terminar, eso de que los londinenses son fríos y desagradables… nada cierto. Todo el mundo nos trató siempre muy bien. De hecho, el sábado estábamos echando unas pintas en un bar y se sentaron con nosotros (la mesa era muy grande) dos chicas. Tras un rato charlando acabaron invitándonos a una fiesta en Tooting (a tomar por culing). Así acabamos en una auténtica fiesta de locales con máquina para hacer humo y todo. A la vuelta en el taxi nos dimos cuenta de que no nos llegaba, y cuando se lo comentamos al taxista, el tío nos llevó hasta casa cobrándonos menos. Al que le haya pasado algo así en Madrid, que me lo cuente.

Dejaremos al margen la cantidad de dinero que me gasté y otras anécdotas, como cuando entramos en un restaurante turco y lo confundimos con griego (el camarero no se enfadó, pero se río de nosotros), o cuando me encontré a una compañera de trabajo de Brindisi por la calle. En general, me lo pasé muy bien, y estuve muy contento de ver a mi primo.

Ale gente, hasta la próxima.

Categorías: Brindisi
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